Gabriel Ben-Tasgal
Israel, experto en Medio Oriente y radicalismo islámico
La alianza entre sectores de la extrema izquierda y actores como Irán o movimientos yihadistas no es una contradicción, sino el resultado de una convergencia ideológica específica.
En primer lugar, existe un marco común antioccidental. La extrema izquierda define el sistema internacional como una estructura dominada por el “imperialismo” —principalmente Estados Unidos y sus aliados—. En ese esquema, cualquier actor que se enfrente a ese orden es percibido como parte de una lucha legítima. Irán, Hezbollah o incluso organizaciones como Hamas son reinterpretados no como actores religiosos o autoritarios, sino como “movimientos de resistencia”.
En segundo lugar, aparece una coincidencia táctica en el uso de la violencia. Tanto el islamismo político como las corrientes revolucionarias comparten la idea de que el cambio no se logra mediante reformas graduales, sino a través de la confrontación. Conceptos como “guerra asimétrica”, “revolución” o “lucha armada” funcionan como puntos de contacto entre ambas doctrinas. El terrorismo deja de ser visto como un crimen y pasa a ser reinterpretado como una herramienta política.
Inversión moral del conflicto
El tercer elemento es la inversión moral del conflicto. En este esquema, las categorías tradicionales se invierten: las democracias liberales son presentadas como opresoras, mientras que actores autoritarios o teocráticos son percibidos como víctimas. Esta lógica permite justificar alianzas que, en términos ideológicos clásicos, serían incompatibles. Un régimen como el iraní —teocrático, represivo y premoderno— es defendido no por sus valores, sino por su posición geopolítica.
Finalmente, hay un componente de internacionalismo ideológico. La extrema izquierda tiende a articular redes globales de solidaridad política, donde la causa palestina ocupa un lugar central. En ese contexto, el conflicto deja de ser analizado en términos locales y pasa a integrarse en una narrativa global de opresión y resistencia.
El resultado es una paradoja solo aparente: sectores que se definen como progresistas terminan alineados, de hecho, con actores profundamente reaccionarios.
Dos versiones sobre el rescate de un piloto estadounidense caído en IránNo se trata de afinidad cultural o religiosa. Se trata de una lógica política: en un mundo dividido entre “opresores” y “oprimidos”, cualquier actor enfrentado a Occidente es automáticamente incorporado al mismo bando.
Y cuando la ideología reemplaza al análisis, las alianzas dejan de responder a valores… y pasan a responder únicamente a enemigos compartidos.